Hay ciudades que se descubren visitando monumentos. Palermo, en cambio, se entiende mejor paseando por sus mercados.
Desde primera hora de la mañana, Ballarò, Il Capo y La Vucciria despiertan antes incluso que muchas calles de la ciudad. Los vendedores preparan sus puestos mientras el olor del café recién hecho comienza a mezclarse con el de las especias, el pescado del Mediterráneo, las aceitunas, los quesos sicilianos y la fruta recién recogida.
Pocos lugares concentran tanta vida en tan pocos metros. Aquí no existen escaparates silenciosos. Los comerciantes anuncian sus productos a viva voz, bromean con los clientes habituales y convierten el mercado en un espectáculo que cambia cada día, pero conserva el mismo espíritu desde hace siglos.
Las conocidas abbanniate, los pregones cantados por los vendedores, forman parte del paisaje sonoro. No son simples anuncios: son una manera de llamar, convencer, bromear y mantener viva una tradición oral que acompaña a la ciudad desde generaciones.